Para leer

Nadie puede ser más esclavo que un endemoniado. El protagonista de esta historia no vivía, apenas subsistía. Su vida era un desastre por culpa de un espíritu inmundo que lo tenía esclavizado, atado, poseído. Su casa era el cementerio del pueblo. Ya nadie le ayudaba, nadie pensaba en él. Todo había terminado.

En épocas pasadas, cuando algunos intentaron hacer algo por él, su reacción fue tan violenta que tuvieron que atarlo con cadenas, pero de nada había servido porque las había hecho pedazos. Nadie le podía dominar. Su presencia había sembrado el terror en los montes y en el cementerio. En las noches gritaba sonidos que nadie entendía, y se agredía así mismo con piedras.

Su existencia se había convertido en una historia tenebrosa que superaba la realidad y se convertía en una historia de dolor, de tormento, de muerte. Pero cuando su esclavitud había llegado al lugar más bajo, y cuando nadie podía hacer algo por él, Jesús aparece en la escena y lo cambia todo.

Jesús, con sus discípulos, atravesaron el mar de Galilea y llegaron a la ciudad de Gadara. Ningún representante del gobierno local o de la religión salió a recibirlo, pero sí lo hizo el hombre endemoniado. El evangelista Marcos narra que corrió al encuentro de Jesús y se postró a sus pies.

Tuvieron una conversación, Jesús y el demonio. El primero le ordenó salir del cuerpo, el segundo le pidió que no los molestara. El primero insistió. El segundo pidió pasar a un grupo de cerdos. La solicitud fue concedida, y los cerdos terminaron muertos al caer por un abismo. El hombre fue liberado.

Su vida cambió. Quienes cuidaban los cerdos y los demás curiosos que vinieron a ver qué estaba pasando se encontraron a Jesús junto al que había estado endemoniado, libre, en su juicio, y les dio miedo. Temieron a Jesús. Temieron por los cerdos. Así que ante las circunstancias, la pérdida de los cerdos, le pidieron a Jesús que saliera de su pueblo.

El hombre que había sido liberado quería subirse en la barca con Jesús, pero no le fue permitido. Al contrario, Jesús le pidió que fuera a su casa, a donde sus familiares, y les contara cuán grandes cosas el Señor había hecho por él, y cómo había tenido misericordia.

Cuando nadie daba nada por él, cuando la libertad se había perdido y la esclavitud se había vuelto la normalidad, Jesús liberó a este hombre porque él es Dios y tiene misericordia de quien quiere tener misericordia.

Para leer

Si deseas conocer más de la misericordia de Dios por la cual hoy tenemos libertad en él, te invitamos a estudiar cada día la palabra de Dios.

Salmos 6:4

Salmos 13:5

Marcos 5:1-19

Romanos 9:16

Efesios 2:4

1 Pedro 1:3

En las próximas entregas

Llamados a la libertad es el nombre de la serie que estamos desarrollando. Esta es la tercera entrega. No te pierdas nuestro siguiente número.

Para terminar.

Nuestra vida sin Cristo no era muy diferente a la vida del personaje de nuestra historia. Estábamos lejos de Dios, esclavos del pecado, y en muchos casos ya nadie daba un peso por nosotros, pero en esas circunstancias, Dios por su gran amor con que nos amó, nos ha liberado. Ahora podemos anunciar que somos libres por su misericordia. Si aún no has experimentado la libertad de Cristo, aún hay tiempo.

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “119 Libres por su misericordia”

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *