E Lecciones 036

Éste es el testimonio de un hombre que tenía a su hijo gravemente enfermo: era mudo, y con frecuencia se desplomaba en tierra echando espumarajos, rechinaba los dientes y luego quedaba rígido como una piedra. No sé qué nombre le daría un médico por estos días a una enfermedad así. El muchacho tenía un espíritu sordo y requería ayuda.

El hombre escuchó que Jesús tenía discípulos y hacía muchos milagros, así que pensó que quizá allí encontraría la ayuda requerida. Cuando aquel hombre llegó no encontró a Jesús, pero encontró a sus discípulos; esto no lo hizo desistir, les expuso a ellos el problema, les mostró al muchacho y ellos se dispusieron a ayudarle, tal como acostumbraban a hacerlo.

Nada de lo que hacían y decían funcionaba; los discípulos estaban desconcertados y el padre esperaba, había pasado tantas veces por situaciones parecidas. Entre tanto se acercaban más y más espectadores: unos decían una cosa, otros otra; discutían pero, como suele pasar en la palabrería, la solución estaba lejos.

Sin embargo, se acercó Jesús al lugar y como había tanta discusión, el Señor al que primero encontró disponible para preguntar qué pasaba fue al padre del muchacho. Él  contó, otra vez, en detalle el problema del muchacho y le contó, además, que sus discípulos no habían podido hacer nada.

Jesús, con enojo a causa de tener que soportar tanta incredulidad de todos, mandó llamar al muchacho quien enseguida empezó con otra de sus crisis. Jesús y el hombre seguían hablando y hubo entonces la petición que sólo sabe hacer un padre que tiene el dolor de ver su hijo así: si puedes hacer algo, compadécete de nosotros.

El Señor Jesús le dijo: ¿Que si puedo? Todo es posible para quien cree. Entonces el hombre gritó: Creo Señor ayuda mi incredulidad.

Y la ayuda le llegó al alma. Jesús entonces reprendió al espíritu ordenandole que lo dejara y nunca más volviera a entrar en él. Efectivamente el joven fue libre y se fue a su casa con su padre sano y salvo.

Había aquel día hombres expertos de la fe que no pudieron hacer nada y a ellos el Señor les explicó luego que para ese caso había faltado oración. Ese día se demostró que el poder de Dios está al alcance de un hombre sencillo que al entrar en conversación y cercanía con el maestro pudo encontrar ese impulso que su fe necesitaba. Ese fue su heroísmo.

La Biblia es la palabra revelada de Dios, es una colección incomparable de libros de gran utilidad, te invitamos a leerla.

Continuamos con esta serie de grandes héroes de la fe, en la que siempre descubrimos que Dios es el héroe. Pero él nos permite tener ese pequeño papel de creerle y por sus maravillas glorificarle.

Hay ayuda de Dios para convertirnos en héroes de la fe, basta con tener la disposición de entrar en cercanía y conversación con Jesucristo.

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